Editorial diario La Nación
El deslizamiento imparable de la televisión hacia fórmulas cada vez más torpes y manipuladoras de exhibicionismo, de grosería y de mal gusto parece preocupar a pocos.
Hubo alguna vez normas que velaban por la calidad y los efectos de los contenidos de los medios en la población, y especialmente por la incidencia en los menores. Pero eso se conjuga hoy en pasado, porque ya no hay tales límites, y el deterioro creciente que está causando, en la sociedad presente y en la futura, esa carencia de normas transparentes y claras es un problema que pocos parecen querer enfrentar.
Nadie, o casi nadie, parece tener conciencia de lo mucho que los argentinos estamos perdiendo en calidad moral y en respeto por los valores formativos y estéticos de las generaciones venideras a medida que determinados empresarios del espectáculo televisivo, privados del más mínimo rastro de pudor y hasta de vergüenza, pujan noche tras noche por incrementar a cualquier precio sus niveles de audiencia.
Recientes emisiones del programa que conduce Marcelo Tinelli por Canal 13 parecen haber acelerado notablemente la marcha hacia el que suponemos habrá de ser su próximo objetivo triunfal: la presentación de una pareja manteniendo una relación sexual en pantalla. Por eso nos atrevemos a vaticinar que, así como "Cantando por un sueño" dejó su lugar en un momento dado a "Bailando por un sueño" y más tarde al mucho más resbaladizo "Patinando por un sueño", no debe faltar demasiado tiempo para que la propuesta de Tinelli y compañía se convierta en algo así como "Sexo por un sueño".
El abuso y la manipulación de la mujer, exhibida y utilizada como un mero objeto excitante; el uso escandaloso del "caño", como burdo y no demasiado imaginativo elemento coreográfico, y la "strip dance" han ido jalonando insinuantes etapas en el acercamiento a esa meta previsible, un hito que, cuando llegue, seguramente no va a escandalizar demasiado a nadie, pues todas las instancias de la procacidad habrán sido ya recorridas. No está de más recordar que un estudio reciente del Instituto de Comunicación y Diseño de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) reveló que el 32 por ciento de la autopublicidad que emiten en nuestro medio los llamados canales de aire muestra cuerpos humanos semidesnudos y que ello sucede en muchísimos casos dentro del horario de protección al menor. A lo cual hay que agregar la amplísima e insistente reproducción parasitaria que los programas de "chimentos", y otros de tenor similar, realizan permanentemente, y en cualquier horario, de esas imágenes denigrantes, supuestamente excluidas de la franja que protege a los menores.
Las autoridades del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) mantienen su proverbial indiferencia ante esos alardes de perversión y mal gusto que invaden día tras día las pantallas televisivas de todo el país. También hay alguna cuota de hipocresía. Las autoridades se amparan en el cumplimiento de la norma vigente de protección al menor. Pero ellas saben que, con el concurso de los emisores, esa norma, tal y como actualmente rige, no ha sido diseñada para desalentar los abusos ni mucho menos para proteger al menor, porque califica como leves todos los excesos que hoy vemos en nuestras pantallas. Saben, por último, que así concebida la norma, funciona como un mero tarifario de tales excesos que, lejos de prevenirlos, libera a los emisores para fomentarlos si el cálculo entre una multa irrisoria y las ganancias de la producción publicitaria que tales excesos les otorgan los beneficia.
Por supuesto, no estamos reclamando ninguna forma de control o censura que restrinja la libertad de expresión en la Argentina. Simplemente, vaticinamos lo que les espera a los televidentes argentinos, si la insensibilidad ante el daño educativo que se inflige y la torpeza de quienes conducen algunos programas, como el de Tinelli o el de tantos otros animados por similares intenciones, no encuentran otros caminos para obtener rating.
Ha llegado tal vez la hora de reflexionar seriamente sobre el control que la propia sociedad debería ejercer sobre las emisiones de difusión masiva que atentan contra su salud moral o rebajan la dignidad de valores humanos esenciales, bastardeando, como en este caso, la feminidad, la desnudez de los cuerpos o la sexualidad. Ya sabemos que la TV es parte de nuestra vida. Pero sabemos también que tiene capacidad suficiente tanto para denigrarnos como para ennoblecernos.
Toda la sociedad debate en estos tiempos sobre cómo mejorar la educación de los argentinos, cómo multiplicar los esfuerzos y cómo incrementar incluso las inversiones que permitan a las generaciones presentes y futuras una educación de mayor calidad. ¿No ha llegado la hora de pedirles a los medios, y en especial a la televisión, que también valoren ese esfuerzo, lo acompañen y no lo esterilicen? ¿Acaso alguien puede sostener que producir y difundir entretenimiento, en un marco de libertad de creación y expresión, implica necesariamente tener que erosionar ese esfuerzo educativo en el que la mayoría de la sociedad argentina está empeñada?
Los hombres volvemos una y otra vez a las obras de cultura que hemos producido a lo largo de la historia. Como los libros milenarios a los que volvemos una y otra vez en nombre de la fe religiosa, como tantas obras memorables de la literatura universal, como las expresiones más dignas y valiosas del arte, el teatro o el cine. Así como los pueblos dieron un lugar en su historia a tantos vehículos perdurables del ingenio y del genio humano, también las sociedades de nuestro tiempo deberían estimar estos frutos de tecnologías tan prodigiosas en función de la verdad, la belleza o el buen gusto. ¿Será pedir demasiado? ¿Será un sueño que no podremos cumplir?
domingo, 31 de agosto de 2008
viernes, 29 de agosto de 2008
PRUEBA
Los telefonos celulares son positivos en las relaciones de los amigos porque sirven para comunicarse mas, para contactarse y encima pueden decir cosas por mensajitos que porahi no se animan a decir en persona como sentimientos o un simple "te quiero".
Pero tambien tienen su parte negativa, ya que pueden iterrumpir una charla profunda con un amigo,que no es muy facil de lograr, como deciamos en la clase, porque aunqe no atiendas ya el solo ruido del telefono te distrajo y puede ser que te quedes pensado , quien era, que querria, etc. y ya no vas a volver al clima de charla de antes. tambien pueden produjirse mal entendidos por el solo hecho de no poner un signo o un punto o una coma, asi que tiene sus lados negativos, pero en fin podriamos arreglar esto mateniedo los telefonos apagados siempre y cuando estemos en lugares o situciones que estos puedan distraernos.
Pero tambien tienen su parte negativa, ya que pueden iterrumpir una charla profunda con un amigo,que no es muy facil de lograr, como deciamos en la clase, porque aunqe no atiendas ya el solo ruido del telefono te distrajo y puede ser que te quedes pensado , quien era, que querria, etc. y ya no vas a volver al clima de charla de antes. tambien pueden produjirse mal entendidos por el solo hecho de no poner un signo o un punto o una coma, asi que tiene sus lados negativos, pero en fin podriamos arreglar esto mateniedo los telefonos apagados siempre y cuando estemos en lugares o situciones que estos puedan distraernos.
miércoles, 27 de agosto de 2008
El filósofo Tomás Abraham se rebeló contra TVR
| El filósofo Tomás Abraham se rebeló contra TVR Como invitado al programa, criticó duramente un informe que se emitió en relación a la causa del padre Grassi; en una charla con lanacion.com advirtió sobre el fenómeno del "paco mediático" Por Paula María Martin De la Redacción de lanacion.com pmartin@lanacion.com.ar El sábado último, el filósofo Tomás Abraham ?invitado por los conductores Sebastián Wainraich y Gabriel Schultz a su programa TVR - criticó duramente un informe que se emitió en relación a la causa del padre Grassi. Lo que se vio fue una parte de una emisión de Policías en acción donde un niño lloraba porque los uniformados maltrataban a su padre que previamente había abusado de él. Luego del informe, los conductores del programa pidieron, como es habitual, la opinión del invitado. Y fue allí cuando Abraham se extendió en su respuesta reprendiendo lo emitido en el programa y en la televisión en general. Después de este episodio, lanacion.com habló con Abraham sobre lo ocurrido y sobre los contenidos de la televisión. ¿Cómo se tratan los temas sociales en la televisión? En general los informativos y las investigaciones buscan la escabrosidad. El otro día en TVR ya atravesaron la delgada línea roja mostrando a este nene que estaba gritando porque un policía maltrataba al padre y el otro señor que le tocaba el culo. Creo que es un delito mostrar esas cosas. En general es eso, forma parte del espectáculo, todas estas cosas no informan, no educan. Supongo que no hay mucha gente dentro de la sociedad que está a favor de la pedofilia o de la violación de menores, no se necesita que alguien con una cara compungida artificialmente le diga que está mal violar a un nene. Así que esas emisiones no tienen ninguna función ni educativa ni informativa. Y mientras tanto, eso no se debería mostrar. Hay un Comfer que es una institución vergonzante, y después creo que todo depende del sistema legal, de los jueces, de la protección de la familia, de la protección de la infancia, de los chicos. Todo eso no existe y los pibes están a la buena de Dios en base a la perversión de los adultos y al "paco mediático" que es esto. Se habla del paco en los chicos, ¿y el "paco mediático" que se consume en las casas, que es, por supuesto, de mala calidad, que crea manías, que anula el pensamiento, que es adictivo? Lo que no hay son jueces con sentido práctico y urgente y un gobierno que haga del menor y de la infancia un tema urgente y organizado, y todo esto se reemplaza con este festival de morbo y la televisión lucra con eso. Mientras tanto se muestra al señor Grassi sospechado de perversión, de psicopatía, y sobre la Fundación Felices los Niños, donde había miles de chicos que tenían un lugar aparentemente, no escuché ningún informe para saber que ha pasado. ¿Qué opinión tiene sobre los programas de la televisión de hoy? Pasa del crimen al culo. O vemos crímenes, asesinatos, mafia, chicos ejecutados, cuerpos encontrados, mucha cámara enfocada en la mutilación y en la muerte y de ahí, a las 22 horas, el festival del culo que patina y que baila. Creo que allí van estas miradas fascinadas, en una televisión en que desaparecieron los programas de humor político, prácticamente desapareció el texto humorístico. Para el que lo quiere ver y tiene cable se puede solazar y disfrutar con Two and a half men , Seinfeld y Everybody loves Raymond , o todo ese tipo de comicidades en donde hay un guión. La televisión dejó de lado todo ese tipo de palabras e hipnotiza por medio de todo este tipo de "porno política". ¿Existe la tele ideal? No, no existe la televisión ideal. ¿Qué cambios ve en los contenidos de la pantalla chica? Hay una cosa que está ausente en la televisión, que es el humor. No está Gasalla, Artazar, Casero, Juana Molina, Polémica en el Bar, Vergader, Fabio Alberti... Falta ese humor, no se sustituye, no hay humor político. Y al faltar humor, falta texto. El humor crea distancia, crea un cierto espacio y eso no lo tenemos. La "tinelización" es parte de la criminalización de esta falta de texto y de la necesidad de hipnotizarse y crear este "paco" para no pensar. La televisión está mal. Yo veo televisión, para mi la "caja boba" es indispensable, la necesito, pero salvo alguna vez , alguna ficción pasable, ya me estoy corriendo con el control remoto cada vez más para adelante. Estoy cerca del 900, no se adonde voy a terminar. |
viernes, 22 de agosto de 2008
Mails, sms, chat y el Trabajo
En buena medida la historia de los pueblos ha estado determinada por su capacidad para hacer más eficiente el trabajo; aquel que obtuviera más bienes para su especie tendría más posibilidades de sobrevivir. El axioma cobraría otra dimensión con el advenimiento del capitalismo y la tecnología que llevaba asociada, sobre todo en lo que se refiere a aumentar la productividad de las horas de trabajo.
Según el historiador norteamericano Lewis Mumford (1895-1990), “es el reloj la clave para entender el desarrollo del capitalismo y no la máquina de vapor” (como dice su cita más repetida). A partir del momento en que el trabajo se transformó en una mercancía vendible, se hizo imprescindible mensurarla, ordenarla, fragmentarla y controlarla; de esta manera se regulaba la productividad del trabajo.
Obviamente los primeros relojes eran caros y los únicos que los poseían eran los nuevos capitalistas, que no pocas veces los alteraban para hacer trabajar más a sus empleados. Las campanas de las iglesias resultaban fundamentales para despertar a los flamantes obreros que debían abandonar el tiempo rural guiado por la naturaleza para someterse al tiempo recortado en minutos y horas.
Era el inicio del largo camino de una frase que haría historia: “El tiempo es dinero”. Su aprovechamiento sería una condición necesaria para el éxito capitalista de algunos o la supervivencia de otros. Otro ejemplo clásico del control tecnológico del trabajo es el que creó otro norteamericano, Henry Ford (1863-1947), inventor de la cadena de producción sobre la que desfilaban las partes en las que cada trabajador debía, una y otra vez, enroscar, atornillar, encastrar o perforar a velocidad continua, sin dejar escapar las piezas, como bien se ilustra en el clásico de Chaplin, Tiempos modernos.
Se podrían mencionar muchos otros hitos tecnológicos para el aumento de la productividad laboral o, como se diría en términos marxistas, del aumento de la extracción de plusvalía relativa. En los últimos tiempos, en los sectores de trabajo de elite, y gracias a la llegada de la digitalización y la sociedad de la información, como algunos gustan llamarla, lo que se logró fue una disolución de las fronteras entre los tiempos de trabajo y personales, algo que hubiera sido un sueño para el moralista Henry Ford, quien gustaba controlar a sus empleados y pagaba su altísimo sueldo de Five dollars a day (Cinco dólares al día) sólo a quienes demostraban que no lo gastarían en forma pecaminosa.
Por un lado la victoria ha sido de los empleadores: estar conectado es un valor social en sí mismo; celulares, wifi, chat, radiomensajes, telefonía IP y toda una batería de recursos on line que se consumen con fruición así lo demuestran y permiten a los modernos profesionales la sensación de una omnipresencia divina que puede satisfacer a sus empleadores... pero sólo por un lapso de tiempo.
Es que en los últimos años cada vez más empresas están notando que la excesiva conectividad de sus empleados, en vez de permitirles hacer mejor su trabajo, les impide poner el foco en su labor hasta terminarla. La capacidad de hacer múltiples tareas de una computadora no ha logrado ser emulada por su contraparte humana. En lugar de vivir la era de la comunicación, parecemos vivir la era de la interrupción.
En busca del tiempo perdidoUn nuevo campo de investigación se ha abierto recientemente para averiguar un poco más sobre el efecto de la excesiva conectividad de los empleados. Entre sus resultados hay una larga lista de estadísticas para el miedo. Algunos afirman que el 28% del día de un empleado que trabaja con información es malgastado en interrupciones que no son urgentes ni importantes y también por el tiempo que consume retomar el hilo de lo que se estaba haciendo. ¿Qué hubiera pasado con un empleado de Ford si hubiera desperdiciado tanto tiempo? La pérdida se hace más relevante cuando se la compara con el tiempo de creación productiva, en la que se incluye la redacción de emails necesarios, que es del 25%.
Las cifras para el horror estadístico se multiplican: según Rescue Time, una empresa dedicada a analizar los hábitos en el ambiente de la computación, un empleado tipo, sentado todo el día frente a su monitor, se detiene a mirar su bandeja de entrada de mails más de 50 veces y envía mensajes otras 77; en la Web, en promedio, el trabajador visita 40 sitios. Todo esto en un solo día. El resultado se obtuvo a través de un software que rastreó el comportamiento en las PC de 40.000 empleados.Tan grave es el problema que las mismas compañías que contribuyeron a crear esta avalancha de bits viajeros han comenzado a estudiar la manera de reducirla. Grandes monstruos informáticos como Microsoft, Intel, Google e IBM, han conformado el Information Overload Research Group (Grupo de Investigación en Sobrecarga de Información), a fin de encontrar métodos que ayuden a los trabajadores a hacer frente a la marejada de bits que soportan.Las herramientas creadas para aumentar la productividad se han vuelto, como robots que se rebelan contra sus creadores humanos, en causa fundamental de la noproductividad. Esto es, palabras más, palabras menos, lo que admitió al diario New York Times (EE.UU.) Jonathan Spira, analista jefe de investigación de la firma Basex y miembro del grupo de investigación. Tampoco dejó de recordar una máxima conocida de Silicon Valley que afirma que las compañías deben ser las primeras en hacer uso de las innovaciones que inventan, pero reconoció que se están encontrando con que eso no es nada bueno.
Mensaje inteligente
Según Gloria Mark, especialista en “Interacción computadora-humano” de la Universidad de California, muchas de las llamadas o correos electrónicos son realmente importantes y hacen a la tarea del empleado, por lo que ignorarlos por completo resultaría peligroso: de alguna manera las interrupciones son (o pueden ser) parte del trabajo. Pero, ¿cómo saber si lo que uno está haciendo es más importante antes de leer el nuevo mail o atender el teléfono?Incluso, puede que no sea importante para la tarea, pero que sí lo sea en el ámbito emocional; por ejemplo, si viene de la pareja o una amistad. La solución no es sencilla. La información ha dejado de ser un recurso escaso; en cambio, la atención ha pasado a serlo, asegura David Rose, un experto en informática de Cambridge.Los ingenieros en computación han empezado a pensar en algo tan improbable como la interrupción perfecta. Algo así como un mensaje con criterio propio que llame la atención del destinatario o se autopostergue hasta otro momento. Mary Czerwinski, una “experta” en el nuevo fenómeno de la interrupción, se encontró con este problema en una situación límite: astronautas ocupados en trabajar en el espacio. ¿Cómo debería hacer la NASA para enviarles un mensaje importante?En una estación espacial se atienden docenas de experimentos y, al mismo tiempo, se monitorean los sistemas de advertencia de fallas. Si recibe una interrupción que distrae demasiado, el astronauta puede echar a perder un experimento que vale millones. Si la interrupción es demasiado suave, o sutil, puede no advertirla, con consecuencias aún peores. Czerwinski advirtió que lo crucial era la manera de hacer llegar el mensaje de interrupción y propuso un gráfico visual, estilo pentagrama, cuyos costados cambiaban de color según el tipo de problema que se estuviera enfrentando.
Gracias a esta experiencia Czerwinski fue contratada por Microsoft para investigar cómo se usan las computadoras y qué ocasiona su uso en términos productivos. Para ello creó un programa que registraba cada click del mouse y obtuvo algunas cifras interesantes: en promedio, la gente tenía unas ocho ventanas abiertas al mismo tiempo y no se detendría en ninguna de ellas más de 20 segundos. Pero lo peor es que luego de una llamada, un mensaje de chat o un mail que enciende una luz en un rincón de la pantalla, puede llevar unos 25 minutos volver a continuar la tarea que se estaba realizando.
Incluso, el 40% de las veces la tarea inicial era definitivamente olvidada por el trabajador, quien se veía arrastrado por la ola de nuevas tareas en constante aparición. Según Czerwinski el principal peligro de las interrupciones es la distracción que producen en la memoria de corto plazo, que ya no retiene qué se estaba haciendo.Los especialistas sugieren que si resulta probable que la interrupción lleve más de un par de minutos en ser resuelta, uno se tome el trabajo de anotar lo que estaba haciendo. Es más, la mayoría de la gente que lograba una productividad aceptable aseguraba usar un sistema muy simple para mantener una lista jerarquizada de tareas. No era necesaria una moderna agenda o una palm; papel y lápiz, un simple archivo de texto o un mail recordatorio, bastan.Otra solución, al menos parcial, es la que diseñó el “gurú” de la interrupción, Danny O’Brien, quien diseñó un programa que luego de 10 minutos de navegar la web preguntaba “¿Estás posponiendo algo?”. Sus conferencias sobre “life hacking” (algo así como una “coartada de vida”, en referencia a los sistemas que permiten filtrar interrupciones no justificadas) atraen a mucha gente y el concepto ya mereció varios sitios de Internet.
Otro de los problemas de las relaciones digitales es que uno no sabe hasta qué punto está interrumpiendo al enviar un mensaje. Cuando se trabaja al lado del compañero es muy probable que el lenguaje corporal indique si es el momento de interrumpirlo o no. Por eso, Gloria Mark propone un sistema informático que sea equivalente: las máquinas almacenarían los mensajes hasta que uno considere que es el momento oportuno y se disponga a verlos.La salida es una alternativa tecnológica a lo que se hacía hasta hace unos años al conectarse especialmente por teléfono para bajar mails o lo que se podría hacer ahora simplemente cerrando el servicio de correo hasta que se tenga tiempo de leer los nuevos. Pero... ¿y si llega uno realmente importante?Uno de los asistentes de Czerwinski en Microsoft diseñó hace ya varios años un programa de correo electrónico llamado Priorities que establece prioridades para los mails y los va enviando de acuerdo a lo ocupado que está el receptor. Según Czerwinski el sistema le permitió tres horas de trabajo ininterrumpido.
Otro sistema desarrollado por su equipo busca conocer los patrones de trabajo del sujeto y prever su comportamiento para analizar si es un buen momento para interrumpirlo. Por ejemplo, un programador que lleva cierto tiempo digitando en su teclado es probable que esté concentrado y lo mejor sea dejarlo seguir hasta que haga un alto para chequear mails, algo que suele ocurrir con una frecuencia previsible. Luego de un tiempo de estudio, el software conoce a su usuario y está listo para decidir cuándo vale la pena interrumpirlo.El problema entonces es el criterio, un bien que parece patrimonio exclusivo de los seres humanos pero que cada vez resulta más vital emular desde un sistema informático capaz de digerir el monstruoso volumen de información en constante arribo.Amor a la interrupcionPero, ¿es necesaria tanta tecnología para apagar tanta... tecnología? Al fin y al cabo, no debería ser tan difícil reducir la lista de contactos en el chat, apagar el celular cuando se requiere concentración y un par de medidas por el estilo. ¿Por qué cuesta tanto?Tal vez lo peor sea la adicción a estar conectado que se genera y la tendencia a creer que la capacidad de hacer varias tareas simultáneas es también una capacidad humana. Guillermo Movia, representante argentino de Mozilla, cuenta que en las reuniones generales de la organización en San Francisco la mayoría de los asistentes van con su notebook y contestan mails mientras “participan” de la discusión. Cada vez más la información circula fragmentaria, parcial y el feedback es tan entrecortado que no sería de extrañar que nadie sepa bien de qué se está hablando.En la larga historia de la organización del trabajo, quizá nunca se haya visto un éxito tan rotundo en la aceptación de acicates tecnológicos que no saben de respeto por el tiempo y los horarios personales. Todo debe acometerse con igual urgencia. Pero también quizás esta sea la victoria más pírrica imaginable: la era de las telecomunicaciones ha permitido perder tanto tiempo como el que permitió ahorrar.Y esto explicaría también por qué la prometida revolución productiva digital nunca ocurrió tal como se la auguraba en sus comienzos, cuando se la comparaba con el impacto que generaron la máquina de vapor y el tren. Es cierto que las computadoras y la omnipresente Internet permiten acciones que hoy resultan imprescindibles, pero también lo es que facilitan muchas que no lo son.El nuevo fenómeno no hace sólo al aspecto profesional de la vida sino también al personal. Las charlas con amigos se ven interrumpidas por mensajes breves que dicen poco o nada, llamados al celular, luces que se encienden en las palms. Ninguna charla sobrevive más que hasta la siguiente interrupción, sin poder profundizarse, haciéndonos vivir siempre en la superficie de las cosas, en la superficie de nosotros mismos.Por Esteban Magnani y Luis Magnan
iFuente: Suplemento "Futuro" del diario "Página 12"Más información: www.pagina12.com.ar
Según el historiador norteamericano Lewis Mumford (1895-1990), “es el reloj la clave para entender el desarrollo del capitalismo y no la máquina de vapor” (como dice su cita más repetida). A partir del momento en que el trabajo se transformó en una mercancía vendible, se hizo imprescindible mensurarla, ordenarla, fragmentarla y controlarla; de esta manera se regulaba la productividad del trabajo.
Obviamente los primeros relojes eran caros y los únicos que los poseían eran los nuevos capitalistas, que no pocas veces los alteraban para hacer trabajar más a sus empleados. Las campanas de las iglesias resultaban fundamentales para despertar a los flamantes obreros que debían abandonar el tiempo rural guiado por la naturaleza para someterse al tiempo recortado en minutos y horas.
Era el inicio del largo camino de una frase que haría historia: “El tiempo es dinero”. Su aprovechamiento sería una condición necesaria para el éxito capitalista de algunos o la supervivencia de otros. Otro ejemplo clásico del control tecnológico del trabajo es el que creó otro norteamericano, Henry Ford (1863-1947), inventor de la cadena de producción sobre la que desfilaban las partes en las que cada trabajador debía, una y otra vez, enroscar, atornillar, encastrar o perforar a velocidad continua, sin dejar escapar las piezas, como bien se ilustra en el clásico de Chaplin, Tiempos modernos.
Se podrían mencionar muchos otros hitos tecnológicos para el aumento de la productividad laboral o, como se diría en términos marxistas, del aumento de la extracción de plusvalía relativa. En los últimos tiempos, en los sectores de trabajo de elite, y gracias a la llegada de la digitalización y la sociedad de la información, como algunos gustan llamarla, lo que se logró fue una disolución de las fronteras entre los tiempos de trabajo y personales, algo que hubiera sido un sueño para el moralista Henry Ford, quien gustaba controlar a sus empleados y pagaba su altísimo sueldo de Five dollars a day (Cinco dólares al día) sólo a quienes demostraban que no lo gastarían en forma pecaminosa.
Por un lado la victoria ha sido de los empleadores: estar conectado es un valor social en sí mismo; celulares, wifi, chat, radiomensajes, telefonía IP y toda una batería de recursos on line que se consumen con fruición así lo demuestran y permiten a los modernos profesionales la sensación de una omnipresencia divina que puede satisfacer a sus empleadores... pero sólo por un lapso de tiempo.
Es que en los últimos años cada vez más empresas están notando que la excesiva conectividad de sus empleados, en vez de permitirles hacer mejor su trabajo, les impide poner el foco en su labor hasta terminarla. La capacidad de hacer múltiples tareas de una computadora no ha logrado ser emulada por su contraparte humana. En lugar de vivir la era de la comunicación, parecemos vivir la era de la interrupción.
En busca del tiempo perdidoUn nuevo campo de investigación se ha abierto recientemente para averiguar un poco más sobre el efecto de la excesiva conectividad de los empleados. Entre sus resultados hay una larga lista de estadísticas para el miedo. Algunos afirman que el 28% del día de un empleado que trabaja con información es malgastado en interrupciones que no son urgentes ni importantes y también por el tiempo que consume retomar el hilo de lo que se estaba haciendo. ¿Qué hubiera pasado con un empleado de Ford si hubiera desperdiciado tanto tiempo? La pérdida se hace más relevante cuando se la compara con el tiempo de creación productiva, en la que se incluye la redacción de emails necesarios, que es del 25%.
Las cifras para el horror estadístico se multiplican: según Rescue Time, una empresa dedicada a analizar los hábitos en el ambiente de la computación, un empleado tipo, sentado todo el día frente a su monitor, se detiene a mirar su bandeja de entrada de mails más de 50 veces y envía mensajes otras 77; en la Web, en promedio, el trabajador visita 40 sitios. Todo esto en un solo día. El resultado se obtuvo a través de un software que rastreó el comportamiento en las PC de 40.000 empleados.Tan grave es el problema que las mismas compañías que contribuyeron a crear esta avalancha de bits viajeros han comenzado a estudiar la manera de reducirla. Grandes monstruos informáticos como Microsoft, Intel, Google e IBM, han conformado el Information Overload Research Group (Grupo de Investigación en Sobrecarga de Información), a fin de encontrar métodos que ayuden a los trabajadores a hacer frente a la marejada de bits que soportan.Las herramientas creadas para aumentar la productividad se han vuelto, como robots que se rebelan contra sus creadores humanos, en causa fundamental de la noproductividad. Esto es, palabras más, palabras menos, lo que admitió al diario New York Times (EE.UU.) Jonathan Spira, analista jefe de investigación de la firma Basex y miembro del grupo de investigación. Tampoco dejó de recordar una máxima conocida de Silicon Valley que afirma que las compañías deben ser las primeras en hacer uso de las innovaciones que inventan, pero reconoció que se están encontrando con que eso no es nada bueno.
Mensaje inteligente
Según Gloria Mark, especialista en “Interacción computadora-humano” de la Universidad de California, muchas de las llamadas o correos electrónicos son realmente importantes y hacen a la tarea del empleado, por lo que ignorarlos por completo resultaría peligroso: de alguna manera las interrupciones son (o pueden ser) parte del trabajo. Pero, ¿cómo saber si lo que uno está haciendo es más importante antes de leer el nuevo mail o atender el teléfono?Incluso, puede que no sea importante para la tarea, pero que sí lo sea en el ámbito emocional; por ejemplo, si viene de la pareja o una amistad. La solución no es sencilla. La información ha dejado de ser un recurso escaso; en cambio, la atención ha pasado a serlo, asegura David Rose, un experto en informática de Cambridge.Los ingenieros en computación han empezado a pensar en algo tan improbable como la interrupción perfecta. Algo así como un mensaje con criterio propio que llame la atención del destinatario o se autopostergue hasta otro momento. Mary Czerwinski, una “experta” en el nuevo fenómeno de la interrupción, se encontró con este problema en una situación límite: astronautas ocupados en trabajar en el espacio. ¿Cómo debería hacer la NASA para enviarles un mensaje importante?En una estación espacial se atienden docenas de experimentos y, al mismo tiempo, se monitorean los sistemas de advertencia de fallas. Si recibe una interrupción que distrae demasiado, el astronauta puede echar a perder un experimento que vale millones. Si la interrupción es demasiado suave, o sutil, puede no advertirla, con consecuencias aún peores. Czerwinski advirtió que lo crucial era la manera de hacer llegar el mensaje de interrupción y propuso un gráfico visual, estilo pentagrama, cuyos costados cambiaban de color según el tipo de problema que se estuviera enfrentando.
Gracias a esta experiencia Czerwinski fue contratada por Microsoft para investigar cómo se usan las computadoras y qué ocasiona su uso en términos productivos. Para ello creó un programa que registraba cada click del mouse y obtuvo algunas cifras interesantes: en promedio, la gente tenía unas ocho ventanas abiertas al mismo tiempo y no se detendría en ninguna de ellas más de 20 segundos. Pero lo peor es que luego de una llamada, un mensaje de chat o un mail que enciende una luz en un rincón de la pantalla, puede llevar unos 25 minutos volver a continuar la tarea que se estaba realizando.
Incluso, el 40% de las veces la tarea inicial era definitivamente olvidada por el trabajador, quien se veía arrastrado por la ola de nuevas tareas en constante aparición. Según Czerwinski el principal peligro de las interrupciones es la distracción que producen en la memoria de corto plazo, que ya no retiene qué se estaba haciendo.Los especialistas sugieren que si resulta probable que la interrupción lleve más de un par de minutos en ser resuelta, uno se tome el trabajo de anotar lo que estaba haciendo. Es más, la mayoría de la gente que lograba una productividad aceptable aseguraba usar un sistema muy simple para mantener una lista jerarquizada de tareas. No era necesaria una moderna agenda o una palm; papel y lápiz, un simple archivo de texto o un mail recordatorio, bastan.Otra solución, al menos parcial, es la que diseñó el “gurú” de la interrupción, Danny O’Brien, quien diseñó un programa que luego de 10 minutos de navegar la web preguntaba “¿Estás posponiendo algo?”. Sus conferencias sobre “life hacking” (algo así como una “coartada de vida”, en referencia a los sistemas que permiten filtrar interrupciones no justificadas) atraen a mucha gente y el concepto ya mereció varios sitios de Internet.
Otro de los problemas de las relaciones digitales es que uno no sabe hasta qué punto está interrumpiendo al enviar un mensaje. Cuando se trabaja al lado del compañero es muy probable que el lenguaje corporal indique si es el momento de interrumpirlo o no. Por eso, Gloria Mark propone un sistema informático que sea equivalente: las máquinas almacenarían los mensajes hasta que uno considere que es el momento oportuno y se disponga a verlos.La salida es una alternativa tecnológica a lo que se hacía hasta hace unos años al conectarse especialmente por teléfono para bajar mails o lo que se podría hacer ahora simplemente cerrando el servicio de correo hasta que se tenga tiempo de leer los nuevos. Pero... ¿y si llega uno realmente importante?Uno de los asistentes de Czerwinski en Microsoft diseñó hace ya varios años un programa de correo electrónico llamado Priorities que establece prioridades para los mails y los va enviando de acuerdo a lo ocupado que está el receptor. Según Czerwinski el sistema le permitió tres horas de trabajo ininterrumpido.
Otro sistema desarrollado por su equipo busca conocer los patrones de trabajo del sujeto y prever su comportamiento para analizar si es un buen momento para interrumpirlo. Por ejemplo, un programador que lleva cierto tiempo digitando en su teclado es probable que esté concentrado y lo mejor sea dejarlo seguir hasta que haga un alto para chequear mails, algo que suele ocurrir con una frecuencia previsible. Luego de un tiempo de estudio, el software conoce a su usuario y está listo para decidir cuándo vale la pena interrumpirlo.El problema entonces es el criterio, un bien que parece patrimonio exclusivo de los seres humanos pero que cada vez resulta más vital emular desde un sistema informático capaz de digerir el monstruoso volumen de información en constante arribo.Amor a la interrupcionPero, ¿es necesaria tanta tecnología para apagar tanta... tecnología? Al fin y al cabo, no debería ser tan difícil reducir la lista de contactos en el chat, apagar el celular cuando se requiere concentración y un par de medidas por el estilo. ¿Por qué cuesta tanto?Tal vez lo peor sea la adicción a estar conectado que se genera y la tendencia a creer que la capacidad de hacer varias tareas simultáneas es también una capacidad humana. Guillermo Movia, representante argentino de Mozilla, cuenta que en las reuniones generales de la organización en San Francisco la mayoría de los asistentes van con su notebook y contestan mails mientras “participan” de la discusión. Cada vez más la información circula fragmentaria, parcial y el feedback es tan entrecortado que no sería de extrañar que nadie sepa bien de qué se está hablando.En la larga historia de la organización del trabajo, quizá nunca se haya visto un éxito tan rotundo en la aceptación de acicates tecnológicos que no saben de respeto por el tiempo y los horarios personales. Todo debe acometerse con igual urgencia. Pero también quizás esta sea la victoria más pírrica imaginable: la era de las telecomunicaciones ha permitido perder tanto tiempo como el que permitió ahorrar.Y esto explicaría también por qué la prometida revolución productiva digital nunca ocurrió tal como se la auguraba en sus comienzos, cuando se la comparaba con el impacto que generaron la máquina de vapor y el tren. Es cierto que las computadoras y la omnipresente Internet permiten acciones que hoy resultan imprescindibles, pero también lo es que facilitan muchas que no lo son.El nuevo fenómeno no hace sólo al aspecto profesional de la vida sino también al personal. Las charlas con amigos se ven interrumpidas por mensajes breves que dicen poco o nada, llamados al celular, luces que se encienden en las palms. Ninguna charla sobrevive más que hasta la siguiente interrupción, sin poder profundizarse, haciéndonos vivir siempre en la superficie de las cosas, en la superficie de nosotros mismos.Por Esteban Magnani y Luis Magnan
iFuente: Suplemento "Futuro" del diario "Página 12"Más información: www.pagina12.com.ar
Knol. No es una alternativa Wikipedia
Google presentó en sociedad Knol ( http://knol.google.com ) , una suerte de repositorio de contenidos abiertos en línea. Es una alternativa a Wikipedia, la enciclopedia comunitaria en línea (su sitio en español es http://es.wikipedia.org). Ambos son sitios que albergan páginas web dedicadas a temas específicos de toda índole, creados por navegantes. Allí, sin embargo, terminan los parecidos. Wikipedia es una enciclopedia anónima; aunque hay editores, los artículos no están firmados. Se intenta dar una visión objetiva sobre un tema, pero cualquiera puede registrarse y agregar nuevos artículos o modificar los ya existentes, con la excepción de algunos pocos, detectados como polémicos (en general, sobre temas políticos o religiosos), en los que los editores no se ponen de acuerdo e intentan imponer una visión determinada. En la práctica, son pocos los casos en los que se filtran errores en los casi 11 millones de artículos en más de 250 idiomas. La versión en español cuenta con 380.000 entradas en su versión de la enciclopedia en línea. Knol es distinto. Cualquiera puede crear un artículo, pero debe firmarlo con nombre y apellido. Aunque no es obligatorio probar la propia identidad, el autor puede hacerlo para darle más credibilidad al contenido. Su creador define si otros pueden modificar el contenido. Y puede haber más de un artículo sobre un mismo tema, aunque tenga una visión opuesta. Cualquiera puede, en principio, escribir una pavada sobre un tema. Los lectores, sin embargo, pueden comentar y calificar el artículo, y eventualmente crear otro con la información que consideren correcta. La compañía aspira así a crear un repositorio de artículos escritos por expertos. De allí su nombre, un juego lingüístico: en Google afirman que knol es la unidad mínima de conocimiento ( knowledge , en inglés). El servicio es de consulta gratis, y por ahora está en inglés, aunque los artículos pueden escribirse en cualquier idioma. Knol permite crear un texto sobre el que se tiene control completo, algo atractivo para quienes dudan de invertir tiempo en poner en línea conocimientos que cualquier otro podría modificar. Además, permite ganar dinero. Google ofrece la posibilidad de agregar avisos en las páginas web de cada artículo; un porcentaje de las ganancias irá para el creador de los contenidos. Así, la compañía incentiva el contenido de calidad, que en teoría será más popular y por lo tanto redituará el esfuerzo invertido. En la práctica, el desafío estará en que la compañía se las ingenie para evitar la proliferación de artículos oportunistas que busquen acaparar la atención para obtener dividendos. Es, con algunas diferencias, similar a Citizendium ( www.citizendium.org ), una enciclopedia libre y colaborativa hecha por usuarios identificados y con editores específicos; sólo ciertos usuarios pueden modificar una entrada. En Google no postulan a Knol como un competidor directo de la Wikipedia, sino como una alternativa, donde la gente ofrece sus conocimientos al resto de la comunidad y hace más valiosa Internet como repositorio de conocimientos. Esto no es menor para Google. Su producto principal, el buscador, depende de ofrecer resultados útiles para seguir siendo relevante. Si la Wikipedia se transforma en una fuente de información universal, el valor del buscador podría quedar relegado, ya que los usuarios pueden ir directamente a la Wikipedia. Con Knol, Google refuerza su propio producto, incluyendo a las páginas de este nuevo servicio entre los resultados de sus búsquedas. En cualquier caso, los que más resultan beneficiados son los navegantes, que tendrán otra fuente de contenidos en la Red.
Por Ricardo Sametband
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